El Partido Comunista de Cuba atraviesa un momento que no sabe nombrar: la derrota. No una derrota militar ni electoral, sino una derrota más profunda, la que ocurre cuando un proyecto histórico se queda sin pueblo, sin credibilidad y sin futuro. Incapaces de aceptar que han sido vencidos por la realidad, siguen aferrados al escenario como actores que no entienden que la obra terminó hace tiempo. Tragan en seco una llama viva que les quema el orgullo, porque saben —aunque no lo digan— que ya perdieron, que la hora les llegó, y que estos días les dejan una amargura que no pueden disimular ni con discursos ni con consignas.
Pero aferrarse al poder puede ser más devastador que caer. En su terquedad, siguen cavando la sepultura del país con manos temblorosas, hundiéndose más por miedo a enfrentar la verdad. Para ellos, admitir la derrota parece peor que el daño infligido durante décadas a la sociedad cubana, un daño que continúa perpetuándose mientras insisten en sostener un modelo agotado. La dictadura se enreda cada día más en la absurda esperanza de que empeorar las cosas les devuelva el control, cuando en realidad solo ceden más terreno a la ruina nacional.
Desde una tribuna improvisada, el mandatario cubano declaró que no se rendirán. Pero hay rendiciones que liberan, que abren caminos, que permiten respirar. Sin embargo, el ego —ese legado castrista que nunca supo abandonar los micrófonos ni la retórica del heroísmo eterno— les impide dar un paso atrás, incluso cuando la sociedad huye, colapsa y se desmorona frente a ellos. La escena es trágica: un poder que se niega a reconocer su final y un país que ya no puede sostenerlo.
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La Gran Obra del Partido que No Quiere Bajar del Escenario
En el teatro nacional de lo absurdo, el Partido Comunista de Cuba sigue actuando como si el público no se hubiera ido hace décadas. Allí están, bajo los reflectores apagados, recitando un libreto que ya nadie escucha, convencidos de que la función continúa, aunque solo queden telarañas aplaudiendo.
La escena es digna de una tragicomedia: los actores principales tragando en seco una llama viva, con el orgullo chamuscado, intentando disimular que la derrota les llegó sin pedir permiso. Pero ellos, tercos como un burro con diploma, insisten en que no, que todo está bajo control, que el país no se está cayendo a pedazos sino “reacomodándose”.
Mientras tanto, siguen cavando. Cavando con manos temblorosas la fosa donde entierran cada día un pedazo más del país. Cavando porque admitir la derrota sería demasiado humano, demasiado sensato, demasiado incompatible con el ego heredado del viejo manual de “Cómo jamás reconocer un error”. Ese ego que nunca supo abandonar la tribuna ni los micrófonos, aunque la sociedad ya estuviera huyendo por las ventanas.
Y ahí aparece el mandatario, desde una tribuna improvisada con más cables que ideas, proclamando que “no se rendirán”. Como si la rendición fuera un pecado y no, en ocasiones, una liberación. Como si soltar el poder fuera más peligroso que seguir apretándolo hasta romperlo.
La sátira se escribe sola: un poder que cree que empeorar las cosas les devolverá el control, como si incendiar la casa fuera una estrategia para que los vecinos regresen. Cada día se enredan más en su propia madeja de consignas, esperando que la ruina les obedezca. Pero la ruina, traviesa, sigue avanzando sin pedir permiso.
Y así continúa la obra: un escenario vacío, un país exhausto, y un elenco que se niega a aceptar que la función terminó. El telón cayó hace rato, pero ellos siguen ahí, saludando a un público imaginario, convencidos de que todavía hay aplausos.
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El Carnaval de los que No se Van, Aunque los Barran
En la isla del eterno simulacro, el Partido que nunca se jubila sigue bailando en un escenario que ya no tiene tablas, solo termitas. Allí están, disfrazados con sus trajes de gloria rancia, intentando sostener una coreografía que el país abandonó hace décadas. Se mueven torpemente, como marionetas cuyos hilos fueron roídos por la humedad, pero convencidos de que el público —ese público fantasma— todavía los ovaciona.
Tragan en seco una llama viva, una brasa que les baja por la garganta como un dragón indigestado. El orgullo les arde, les chisporrotea, les deja humo saliendo por las orejas. Saben que la derrota les llegó, pero la esconden bajo capas de maquillaje ideológico, como payasos que intentan tapar con pintura la grieta del circo que se derrumba.
Y siguen cavando. Cavando con palas de consignas, cavando con manos temblorosas de terquedad, cavando como si la fosa fuera un proyecto de nación. Cada palazo levanta un polvo que huele a pasado, a moho, a manual viejo. Admitir la derrota sería demasiado simple; prefieren hundirse más, como si el fondo fuera un lugar seguro.
El país, mientras tanto, observa desde la platea derruida. Las luces parpadean, el telón está hecho jirones, y aun así el elenco insiste en que la función continúa. “No nos rendiremos”, proclaman desde una tribuna improvisada que parece más un altar de supersticiones que un podio. La frase flota en el aire como un globo desinflado, chocando contra la realidad que se desploma a su alrededor.
El ego —ese tótem heredado de épocas de micrófonos eternos— no les permite abandonar la escena. Ni, aunque el escenario se hunda. Ni, aunque el público haya escapado por las grietas del teatro. Ni, aunque el país entero esté afuera, tratando de respirar.
Y así avanza el carnaval:
Un poder que cree que empeorar las cosas es una estrategia.
Un país que se deshace como papel mojado.
Unos actores que siguen saludando a un público imaginario.
Y un telón que cayó hace tanto que ya tiene raíces.
La sátira se vuelve grotesca porque la realidad lo exige: un sistema que baila sobre su propia ruina, convencido de que cada paso en falso es una victoria. Un carnaval donde nadie ríe, pero todos llevan máscara. Un teatro donde la obra terminó, pero los actores se niegan a irse, aferrados a la ilusión de que todavía hay aplausos.