El loco de la escalinata
Dicen que era un loco.
Que subió la escalinata como quien sube a un juicio final,
con los ojos encendidos por una mezcla de hambre, cansancio
y una valentía que ya no sabía cómo contener.
Se plantó en el último peldaño,
miró hacia abajo —hacia la ciudad exhausta,
hacia los edificios que se desmoronan en silencio,
hacia la gente que camina con la cabeza baja—
y comenzó a gritar.
No gritaba insultos.
Gritaba preguntas.
Preguntas que llevaban medio siglo
esperando una boca que se atreviera a pronunciarlas.
“¿Por qué tantas calamidades?
¿Por qué seguimos pagando una deuda que no contrajimos?
¿Por qué el castigo cae siempre sobre los mismos:
los que no tienen nada,
los que solo quieren vivir,
los que ya no pueden más?”
Su voz rebotaba en las columnas,
como si la piedra misma quisiera responderle.
Pero no había respuesta.
Nunca la hay cuando el poder se acostumbra
a no rendir cuentas.
“¿Por qué tanto odio?”, siguió.
“¿Por qué tanta soberbia disfrazada de principios?
Si de verdad quisieran resolver esta crisis,
si de verdad quisieran aliviar el sufrimiento,
¿no podrían decir, aunque fuera una vez,
que hasta aquí llegó el dogma,
que hasta aquí llegó el experimento,
que el país necesita otra forma de respirar?”
La gente lo miraba desde abajo,
algunos con miedo,
otros con una esperanza que no se atrevían a admitir.
Porque aquel loco decía en voz alta
lo que miles repetían en silencio
en las colas, en las casas oscuras,
en los hospitales sin luz,
en los barrios donde el futuro
se ha vuelto un rumor improbable.
“¿Por qué seguir oprimiendo a los que nada tienen?”,
preguntó,
y su voz tembló,
no de miedo,
sino de una tristeza antigua,
como si cargara sobre los hombros
todas las noches sin electricidad,
todos los estómagos vacíos,
todas las promesas rotas.
“Si de verdad quisieran resolver algo”, dijo,
“podrían decirlo sin rodeos:
que este camino ya no funciona,
que este modelo ya no sostiene a nadie,
que el país necesita un cambio real,
no discursos,
no consignas,
no sacrificios eternos.”
Un silencio pesado cayó sobre la escalinata.
El loco respiró hondo,
como quien acaba de entregar su última verdad.
Y por un instante —solo uno—
pareció que la ciudad entera contenía el aliento.
Luego vinieron los pasos apresurados,
las manos que intentaron callarlo,
las miradas que se apartaron.
Pero algo ya había ocurrido:
sus palabras habían quedado suspendidas en el aire,
como brasas que no se apagan.
Y aunque lo llamaran loco,
aunque intentaran borrarlo,
todos sabían que había dicho lo que muchos sienten:
que un país no puede vivir eternamente
en la oscuridad,
en el miedo,
en la espera de un milagro que nunca llega.
Que la dignidad, tarde o temprano,
exige su propia voz.
Y ese día, en la escalinata,
esa voz tuvo el rostro de un hombre
que ya no tenía nada que perder.
Monólogo del loco de la escalinata
Yo no vine aquí a pedir permiso.
Vine porque ya no me caben más silencios en el pecho.
Vine porque esta escalinata —esta vieja columna vertebral de la ciudad—
ha visto pasar demasiadas generaciones dobladas,
demasiados sueños convertidos en polvo,
demasiadas promesas que nunca llegaron a puerto.
Mírenme bien.
Dicen que estoy loco.
Pero ¿qué es la cordura en un país donde la oscuridad
se ha vuelto la única certeza?
¿Dónde los hospitales se desmoronan como templos abandonados,
donde las industrias son esqueletos,
donde los aeropuertos parecen tumbas esperando un vuelo que no llega?
Si eso es cordura,
prefiero mi locura.
Yo pregunto —sí, pregunto, porque alguien tiene que hacerlo—:
¿por qué medio siglo de calamidades?
¿por qué siempre el sacrificio cae sobre los mismos hombros?
¿por qué tanta dureza contra los que nada tienen,
contra los que solo quieren vivir sin miedo,
sin hambre,
sin esta sensación de estar atrapados en un tiempo que no avanza?
¿De dónde sale tanto odio?
¿Quién lo alimenta?
¿Quién lo justifica?
¿Quién decidió que un país entero debía pagar eternamente
por un dogma que ya no sostiene ni el aire que respiramos?
Si de verdad quisieran resolver algo —algo mínimo, algo humano—
podrían decirlo sin rodeos:
que este camino se agotó,
que este modelo ya no da más,
que el pueblo merece otra forma de respirar.
Pero no.
Piden resistencia.
Prometen soluciones.
Repiten palabras que ya no tienen peso,
como monedas gastadas que nadie acepta.
Y yo, desde aquí arriba,
los miro a ustedes —los que escuchan, los que dudan, los que callan—
y sé que no estoy solo.
Lo veo en sus ojos:
esa mezcla de rabia y cansancio,
esa pregunta que todos llevan clavada en la garganta:
¿hasta cuándo?
No vine a dar respuestas.
No soy profeta ni mártir.
Soy solo un hombre que ya no pudo seguir tragándose la impotencia.
Un hombre que subió estas escaleras
porque necesitaba que el mundo —o al menos esta ciudad—
supiera que todavía queda gente que no se resigna.
Si me llaman loco, que así sea.
La historia está llena de locos que dijeron la verdad
cuando nadie más se atrevía.
Y si hoy me llevan,
si hoy intentan callarme,
que sepan que no podrán borrar lo que ya se encendió.
Porque lo que yo grito no es solo mío:
es el eco de miles que sueñan con un país distinto,
con un amanecer que no duela,
con una vida más digna,
más decorosa,
más humana.
Yo solo puse la voz.
El resto —el fuego, la esperanza, la furia contenida—
ya estaba ardiendo en ustedes.