La espera que no sabe su nombre

Lo que esconden las cenizas
Las cenizas siempre mienten un poco.
Parecen quietas, humildes,
como si ya no tuvieran nada que decir.

Pero debajo de su gris
late un mundo entero.

En las cenizas se esconde
lo que ardió por amor
y lo que ardió por rabia,
lo que se perdió sin remedio
y lo que todavía insiste en quedarse.

Allí están los restos de lo bueno:
la risa que iluminó un cuarto,
la mano que sostuvo otra mano,
el gesto que nadie vio
pero que sostuvo una vida.

Y también lo malo:
las palabras que quemaron,
los silencios que pesaron demasiado,
las heridas que nunca encontraron nombre.

Las cenizas guardan todo
sin juzgarlo.
Son el archivo final
de lo que fuimos,
el último idioma
de lo que ya no puede hablar.

Si uno las toca,
si uno las sopla apenas,
se levantan como un susurro antiguo,
como un recuerdo que vuelve
solo para decir:
“Esto también fuiste.
Esto también te pertenece.”

Porque las cenizas no son el final.
Son la forma más humilde
y más honesta
de la memoria.

Lo que esconden
no desaparece:
se transforma,
se vuelve polvo luminoso,
se vuelve sombra que acompaña,
se vuelve verdad que ya no arde
pero sigue viva.

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El que tiene hambre de saber no camina: arde. Siente que el mundo es un horizonte que siempre retrocede un paso, como si lo invitara a seguir buscándolo. No se conforma con las respuestas heredadas ni con las verdades empaquetadas; necesita tocar la raíz de las cosas, oler la tierra donde nacen las preguntas. Por eso avanza, aun cuando el camino se estrecha, aun cuando la duda muerde. Sabe que cada descubrimiento es apenas una puerta hacia otra oscuridad más profunda, y sin embargo sigue, porque en esa oscuridad late la posibilidad de encontrarse a sí mismo.

Quien se interna en el bosque de lo desconocido no lo hace por valentía, sino por necesidad. Allí, entre sombras que no obedecen a ningún mapa, aprende a escuchar su propio pulso, a distinguir el eco de su miedo del llamado de su destino. Cada paso es una revelación, cada tropiezo una brújula. Y mientras avanza, comprende que el verdadero viaje no es hacia afuera, sino hacia ese lugar secreto donde por fin podrá decir: esto soy, esto busco, hacia aquí voy.

escribir un poema de verso libre sobre que distincion nos traera la espera de no saber lo que esperamos. La flor que se marchita y nos deja un suspiro callado que atraviesa la habitacion de un poeta pensativo en la abstraccion…
Aquí tienes un poema de verso libre que habita esa pregunta inquietante: qué distinción, qué revelación, qué sombra o claridad puede traernos la espera cuando ni siquiera sabemos qué esperamos. Lo escribo desde ese cuarto donde una flor marchita deja un suspiro que cruza la habitación y toca al poeta que piensa en lo abstracto como quien toca un borde invisible.

La espera que no sabe su nombre

La espera tiene un filo secreto,
una distinción que solo aparece
cuando ya hemos olvidado
qué era lo que aguardábamos.

Es un territorio sin mapa,
un temblor que se instala en el pecho
como si algo estuviera por llegar
y al mismo tiempo
ya hubiera pasado.

La flor se marchita en silencio,
pero su último gesto
no es muerte:
es un suspiro callado
que atraviesa la habitación
como una brisa que piensa.

Ese suspiro toca al poeta,
lo roza apenas,
y en ese roce
se abre una grieta luminosa
en la abstracción.

Porque lo que se marchita
no desaparece:
se vuelve señal,
se vuelve pregunta,
se vuelve un eco que insiste
en que algo está por revelarse.

Y así, en la espera sin nombre,
en ese umbral donde nada ocurre
y sin embargo todo vibra,
el poeta descubre
que quizá lo que buscamos
no es lo que esperamos,
sino lo que la espera misma
decide mostrarnos.